The Darfsteller, el actor

The Darfsteller (El Actor)

Walter M. Miller Jr. es sobre todo conocido por los lectores de ciencia ficción por su libro Cántico por Leibowitz. Es una novela ganadora del premio Hugo en 1961. Lo que menos se conoce es que el primer premio Hugo al mejor relato, en 1955, también se lo llevó este escritor. En este caso, por la obra de la que hoy queremos hablar: The Darfsteller, traducida en castellano por El Actor. The Darfsteller fue publicada originalmente en la famosa revista Astounding Science Fiction del patriarca de la ciencia ficción John W. Campbell.

The Darfsteller ha envejecido muy bien. Precisamente porque su temática tiene absoluta vigencia hoy en día. ¡Y pocas veces se puede decir algo así de un texto de sesenta y cinco años! Cuando lo leí, sentí una gran empatía con el protagonista, Rick Thomas porque mucha gente de mi generación ha pasado por un proceso similar al que él vive. Pero no sólo de mi generación. Cada revolución tecnológica provoca el mismo escenario, afectando de cada vez a sectores distintos, sectores que, quizás en la anterior revolución, se creían a salvo.

Rick, el darfsteller

Yo no sé alemán, así que he tenido que consultar el origen del título de la obra de Miller. Darfsteller es un juego de palabras creado por el autor; un acrónimo formado por dos palabras alemanas. Por un lado, darsteller: actor en alemán, aunque un actor en un sentido amplio. Pero también la conjugación darf del verbo dürfen, «estar en libertad de hacer algo». Así, darfsteller se trataría de una variedad de actor a la que pertenece Rick. Un tipo de actor de improvisaciones, que se autodirige. Y esta «autodirección» será muy importante en la gran batalla que se libra en The Darfsteller. Por eso, traducirlo simplemente como «actor» no le hace justicia. Aunque ¡ojo! darfsteller también tiene un sonido similar a dwarf star —estrella enana—, lo que queda de una estrella que ya ha abandonado su máximo brillo y esplendor y que se apaga lentamente.

Rick Thomas era un darfsteller en ascenso, con una prometedora carrera dramática por delante. Estaba a punto de protagonizar el personaje principal de la obra —ideada por el propio Miller— El anarquista. Esta obra sucede en los últimos años de la URSS, cuando las revoluciones de los años 80 —siempre dentro del universo de The Darfsteller— colapsaron el régimen soviético. Thomas hubiera interpretado a Andreyev, el comisario de la policía, el último bolchevique.

Sin embargo, una brutal revolución tecnológica terminó abruptamente con su carrera. La gran corporación Smithfield fue capaz de reemplazar a los actores humanos y sustituirlos por androides. Estos androides son la fiel imagen de los antiguos actores preferidos por el público. Además, son dirigidos por una inteligencia artificial, el Maestro, que es capaz de interpretar las emociones del público de la obra y redirigirla para conseguir los mejores resultados. Se trata del autodrama.

Rick, el limpiador

No se trataba de un lugar, de un trabajo, ni siquiera del nombre de un arte. «Teatro» era una especial condición del corazón y el espíritu humanos.

Ante la irrupción de Smithfield, muchos actores llegaron a un acuerdo económico con la empresa: cedían su imagen para que los androides la usaran. Otros se reciclaron como vendedores, políticos… cualquier profesión que necesitara de interpretación dramática. Pero Rick amaba su oficio, tenía principios muy firmes y no estaba dispuesto ni a venderse a los que él veía como los asesinos del teatro, ni a rebajarse a usar su talento para otros oficios de dudosa moral.

Así que, como Rick no se resignaba a abandonar el mundo del espectáculo, pero éste ya no tenía sitio para él, terminó como limpiador de un teatro. Así nos lo encontramos al principio de The Darfsteller. Soñando despierto con su pasado, mientras ha sido convertido en mano de obra barata y prescindible. En ese teatro sufre el maltrato, la explotación y la humillación constante por parte de su jefe, un déspota crecido, que le amenaza una y otra vez con despedirlo y sustituirlo por una máquina… otra vez.

Desmoralizado y casi enloquecido, había decidido, por fin, plantar cara a su jefe y dejar el trabajo, cuando se entera de que van a representar El anarquista. Y que el androide que interpreta a Marka, la amada de Andreyev, tiene la efigie de Mela Stone, el amor de Rick, que iba a interpretar a Marka en la representación de El anarquista que le hubiera encumbrado, cuando aún había actores humanos.

Reemplazados por máquinas

— ¡Destrozad los telares, romped las máquinas, cerrad las oficinas con máquinas de escribir, que no entre ni una máquina de sumar en China! Y, entonces, ¿qué? ¿Trataréis de ser mejores herramientas que las herramientas mismas?

Desde la primera revolución industrial, éste ha sido «el pan nuestro de cada día» para los trabajadores de casi todos los sectores. Y digo de casi todos los sectores porque siempre se había creído que el maquinismo afectaría sobre todo a los trabajadores no cualificados, los llamados de cuello azul, mientras que los de cuello blanco, no serían fácilmente reemplazables.

Sin embargo, ésto se demostró que no era cierto. El desarrollo de los ordenadores personales, posteriormente de Internet y actualmente de las inteligencias artificiales está probando que prácticamente todos los trabajos podrán ser, en un momento dado, sustituidos por máquinas. Desde luego no es un proceso automático.

Lo que hemos visto hasta ahora es que un desarrollo tecnológico elimina varias profesiones humanas, pero a su vez, crea puestos de trabajo en otros sectores, en otras profesiones nuevas o evolucionadas. Y que, además, el cambio no sólo tiene que ser posible, sino que también tiene que ser rentable. Un empresario apostará por la tecnología no sólo si le resulta más productivo, sino si le resulta más beneficioso. Muchas veces la mano de obra extremadamente barata compite con la inversión en maquinaria.

¿Y los trabajos creativos?

Los trabajos creativos podrían parecer a priori el gran refugio del trabajo humano. Pongamos el caso extremo señalado en The Darfsteller, los actores. A primera vista parecería el último refugio del trabajo. Sin embargo no podemos descartar que los avances de la inteligencia artificial puedan llegar a emular, en primer lugar, y después, superar a la humanidad en muchos trabajos considerados creativos. ¿Podrá una máquina realizar una atención al cliente empática y proactiva? Dicen que sí. ¿Pintar un cuadro? ¿Escribir una poesía? Quizás no las brillantes obras de arte de los mejores artistas, pero quizás sí podrían fabricar bestseller siguiendo algoritmos que analicen las obras anteriores y los gustos del público.

Quizás en la cultura nos encontremos con la diferencia que hoy ya existe entre un producto artesanal y uno industrial. El artesanal será escaso y sublime, con un encanto único. Pero, por lo mismo, será más costoso y más difícil de hacer y conseguir. El industrial no tendrá nunca la misma excelencia. Pero será más uniforme, más barato, más abundante. Su calidad estará definida por criterios decididos previamente.

El actor

El planteamiento de The Darfsteller es sublime. Una inteligencia artificial capaz de interpretar las emociones de los espectadores y calibrar la obra teatral para adaptarla a esas emociones a través de sus androides de apariencia humana. ¡Es genial y a la vez terrible! Genial por la posibilidad de causar el mayor impacto en el espectador. Interaccionar con sus emociones y obrar en consecuencia. Terrible, por lo mismo, porque termina con la obra del autor, que la crea con sus propios objetivos subjetivos, definida y cerrada, pasando a ser un algo maleable y variable a gusto del consumidor.

Por supuesto, la lógica de un negocio del entretenimiento iría en esa dirección. Y ¿no es ya lo que sucede cuándo las obras «de autor» son minoritarias y las productoras apuestan por el entretenimiento palomitero que es el que, en general, les reporta más beneficios? Claro que hasta ahora ha sido con directores, guionistas y actores dispuestos a poner su arte al servicio de la audiencia. En cuanto fuera posible y más económico hacerlo con máquinas, ¿quién convencería a una productora de que siguiera apostando por los impredecibles y erráticos humanos?

¿El trabajo nos define?

El problema de Rick, como el de muchas otras personas, es que, en esta sociedad, el trabajo define a una gran parte de la población. Para muchísima gente, somos lo que hacemos. Eres médico, diseñador, abogado, pintor, minero, policía… Nuestro oficio moldea en gran parte a nuestras amistades, nuestros temas de conversación, nuestros campos de conocimiento, nuestros juicios y también nuestros prejuicios… Si nos vemos obligados a renunciar a los que somos, si tenemos que reinventarnos, transformarnos… ¿qué nos queda? Para mucha gente, ésto puede llegar a ser insalvable, a dejar una huella en nuestra salud mental.

Pensemos en lo que han logrado trabajar en lo que llamamos ­«su vocación». Todos los años de sueños, esfuerzos, sacrificios… y de golpe nada de eso importa. Ya no sirve. Es un verdadero drama. O pensemos en alguien veterano, con años de experiencia a sus espaldas. Pero con una edad determinada, ya no se tiene la misma frescura para aprender un nuevo oficio, y en frente tienes a gente más joven que tú y más formada y preparada y las cargas son muchas y pesadas, hipotecas, hijos… Es una tragedia. Sobre todo si no tienes apoyos familiares, ahorros o en tu país la legislación social es adversa.

En general es un grave problema para todo el que lo sufre. Por algo completamente ajeno a que tú seas un buen o un mal profesional, te ves obligado a desechar toda tu vida laboral y a comenzar de cero. Algunos lo logran exitosamente. Otros, la mayoría quiero creer, terminan logrando sobrevivir. Pero no olvidemos que también hay gente que no lo supera.

Alec Guinnes en Dr. Zhivago, un papel similar al interpretado por Rick en El anarquista
Alec Guinnes en Dr. Zhivago, un papel con cierta similitud al interpretado por Rick en El anarquista en el universo de The Darfsteller

Rick y la dignidad

Una de las grandes virtudes de The Darfsteller es el fondo psicológico que Miller Jr. desarrolla en Rick. Rick es un actor. Eso le define. Y cuando llegó el momento de la verdad, cuando su oficio llegó a su fin, se mantuvo firme. Se mantuvo principista. Se negó a vender su efigie a Smithfield y se negó a prostituir su arte. Pagando el precio de tales decisiones. ¡Y no se ha arrepentido de sus decisiones!

Es muy interesante como la vanidad fue un caramelo que Smithfield ofreció a los actores más famosos a cambio de que sus androides pudieran lucir sus rostros. Y es verdad que la vanidad, el ansia de la inmortalidad, es un deseo más o menos secretos de muchas personas, artistas de todo tipo, pero también políticos, científicos, deportistas… La fama es perecedera. Sólo unos pocos grandes hombres y mujeres sobreviven al paso del tiempo. Smithfield les ofreció la inmortalidad a través de sus androides, sus maniquíes.

Rick se da cuenta de que, los actores que vendieron su alma para sobrevivir, o para lograr esa inmortalidad, le miran ahora con una mezcla de odio y admiración. Ven en Rick dignidad. Y admiran esa dignidad, a la vez que envidian a Rick porque el fue capaz de conservarla. Es verdad que de dignidad no se come. Pero, ¿y si todos hubieran actuado como Rick?

El anarquista

Y cuanto más especializada se vuelve una sociedad, más peligrosa es para el especialista puro.

— Siempre hay una especialidad segura.
— ¿Cuál es?
—La especialidad de crear continuamente nuevas especialidades.
— Pero eso es…
— Más o menos una definición del Hombre, ¿no?

Para Miller Jr. la respuesta es que la dignidad está muy bien, pero Rick tenía que haber sido capaz de evolucionar. Esa es la única solución para Miller Jr. ante la proliferación de las máquinas. Es más, considera que esa evolución es lo que nos hace humanos. Anclarnos al pasado no tiene sentido y hay que mirar al futuro.

No es casualidad que durante todo el relato esté presente una obra de teatro ficticia que antes mencioné: El anarquista de Pruchev. Como he señalado, la obra y el autor no existen. Versa de un amor imposible de un comisario de la policía soviética Andreyev, enamorado de una traidora Marka, que trabaja para los anarquistas que se han alzado contra la URSS. Andreyev es firme, de fuertes principios. Un bolchevique convencido. Sin embargo, su tiempo ha pasado. Está condenado porque en el universo de The Darfsteller, la URSS sucumbió durante los años ochenta precisamente por esa insurrección anarquista narrada por Pruchev. Y de hecho, Andreyev muere al final de la obra, a manos de su amada.

En el mundo de The Darfsteller, Rick es como Andreyev. El tiempo del trabajo humano ha pasado. Hay que dar paso a las máquinas. Es inevitable. Con esa comparación con la URSS, Miller Jr. nos habla de que ese futuro de inteligencia artificial tiene que estar más allá de los valores y las contradicciones de nuestra sociedad. En los años 50, un mundo sin guerra fría era inconcebible. Hoy sabemos que no era así, la URSS ya no existe y, sin embargo, los mismos males del capitalismo por los que el experimento soviético vio la luz siguen existiendo. Sin embargo, sí es cierto que si el futuro nos permite concebir un mundo sin trabajo manual humano, muchas cosas de nuestra sociedad inevitablemente tendrán que transformarse.

Darfsteller vs. máquina

En todo caso, Miller Jr. le dará una última oportunidad a Rick, una última batalla entre el hombre y la máquina. Un clásico enfrentamiento para demostrar si el ser humano puede superar o no a nuestra creación. Y es precisamente en esa confrontación cuando la habilidad de Rick como darfsteller tendrá su máxima importancia. No es un actor cualquiera, es un actor capaz de autodirigirse, de calibrar al público y modificar la obra. ¡Precisamente la gran habilidad del Maestro, la inteligencia artificial que dirige el espectáculo!

El enfrentamiento entre el hombre y la máquina es un tema recurrente de la ciencia ficción. Por ejemplo, toda la saga de Terminator es precisamente una batalla entre la inteligencia artificial y las capacidades de la humanidad. Lo vemos en Matrix, 2001, No tengo boca y debo gritar… También los juegos detectivescos planteado por Asimov en sus relatos y novelas de robots… Pero en el mundo real también nos apasionan estos enfrentamientos. En 1997 Deep Blue derrotó a Kaspárov en ajedrez. Un encuentro histórico, no ajeno a la polémica. Posteriormente los enfrentamientos se han multiplicado: damas, póquer, go… También hemos tenido enfrentamiento en ámbito laboral: tuvimos la derrota de Flippy, el robot que hacía hamburguesas.

Rick se enfrentará al Maestro, con el handicap de que el público no puede enterarse de que él es un actor humano. Por cierto, la critica de Miller Jr. hacia el público es feroz. Somos consumidores vagos, malcriados e ignorantes. Incapaces de valorar el trabajo que hay detrás de las obras porque carecemos de una verdadera cultura artística. Al final, la humanidad prefería los autodramas porque eran más fáciles. Porque el Maestro sólo buscaba agradarles y lo conseguía tirando de algoritmos, producciones palomiteras y bestsellers. Es un riesgo inevitable del arte convertido en mercancía, como ya mecionamos más arriba.

El futuro sin trabajo

Nos podemos sentir más confortables creyendo que hay algo único en la inteligencia biológica que una máquina no será capaz de emular. Y no está demostrado que no sea así. La complejidad neuronal de nuestro cerebro no ha sido imitada aún por ninguna máquina y puede que nuestra inteligencia, aunque esté basada también en impulsos eléctricos, no pueda expresarse solamente en unos y ceros. Nosotros también diferenciamos transformaciones cualitativas, no sólo cuantitativas. Pero eso lo iremos descubriendo a medida que la inteligencia artificial vaya desarrollándose.

Lo que parece evidente es que todo trabajo manual, repetitivo, mecánico, toda función que pueda codificarse con un algoritmo, todo lo que pueda interpretarse en cálculos, probabilidades o patrones, todo lo que pueda hacerse a distancia, todo lo que se puede automatizar… todo eso, más temprano que tarde será realizado por máquinas más o menos inteligentes. Ya lo está siendo.

Y todas las reacciones contra esta evolución han fracasado. Desde los luditas hasta las medidas proteccionistas. Como ya señalé, lo único que puede frenar ese proceso es que aún no se pueda hacer, o que aún no sea rentable hacerlo. Añado que también el miedo al impacto social que una transformación excesivamente rápida pueda provocar. Hablamos de paro masivo, salarios a la baja, precariedad máxima… un escenario posible si no cambia el modelo productivo.

Plusvalía

Lo dramático es que, lo que podría ser un proceso liberador —desprendernos de los trabajos peligrosos, repetitivos, alienantes, que consumen todo nuestro tiempo y nuestra vida—, en esta sociedad del máximo beneficio en el corto plazo, se convierte en un proceso esclavizador.

Según los economistas marxistas los beneficios de un empresario proceden de la plusvalía: la diferencia entre el salario pagado al trabajador, y el valor del trabajo realizado por ese mismo trabajador. Según esta teoría, las máquinas, por si mismas no crean valor, sólo transmiten parte de su valor al producto creado con su trabajo, un valor constante y que depende de la inversión inicial que tuvo que hacer el capitalista al adquirir esa maquinaria. Si esto es así, al introducir maquinaria al empresario le sobrarán trabajadores, pero a los restantes necesitará extraerle más plusvalía para mantener sus beneficios. Por tanto reducirá salarios, aumentará jornadas laborales, eliminará derechos sindicales… ¿Y no es eso lo que ha estado pasando?

Es un callejón sin salida. Es verdad que se desarrollarán nuevos sectores que requerirán trabajadores… pero ¿no podría realmente la maquinaria liberarnos de trabajar? ¿Producir de manera barata y limpia todos los bienes que necesitamos para vivir? ¿Dedicarnos los humanos a la investigación y el estudio, al ocio y al arte? Asimov plantea que una sociedad así se estancaría. Otros autores señalan que quizás ese sería el inicio de la verdadera historia de la humanidad, dejando atrás la lucha feroz por la supervivencia. Yo soy de la segunda posición.

¿Y tú qué opinas de todo esto? ¿Has leído The Darfsteller (El Actor)? ¿Qué te pareció?


cubierta de la recopilación de relatos The Darfsteller and other stories

Ficha del relato:

The Darfsteller (El Actor)

  • Escritor: Walter M. Miller, Jr.
  • Publicación: enero de 1955 en Astounding Science Fiction.
  • En España está descatalogado. Se podía encontrar en dos recopilaciones:
    • Condicionalmente humano, Ed. Edhasa, ISBN 9788435020459
    • Los premios Hugo 1. 1955-1961, Isaac Asimov, Ed. Martínez Roca, ISBN 9788427010666.
  • Premios:
    • Premio Hugo al mejor relato de ciencia ficción de 1955.

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2 comentarios en «The Darfsteller (El Actor)»

  1. Mi hermano me dejo este libro junto con el cantico , basicamente es es esa es la trama: el Teatro Darfsteller ya no es interpretado por actores, sino por maniquíes conocidos como muñecas, cada uno modelado en un actor real y cargado con una cinta que contiene una copia de la personalidad de ese actor. Anteriormente un conocido actor, Ryan Thornier nunca ha aceptado el nuevo status quo y trabaja como conserje en un teatro.
    Maravillosa historia escrita en 1955 sobre un actor que se rebela contra la automatización del teatro.

    Esta es una historia para aquellos que alguna vez se han sentido presionados por el ritmo de los avances tecnológicos, si tienen algún interés en las artes escénicas o si alguna vez has tenido un trabajo degradante recomiendo esta historia!, esto es una realidad ya hace unos años china ya puso en uso el primer androide como contestador de noticia y japon como estados unidos tienen estudios dedicados a esto .

    El futuro que propones , en esa parte es mi idea pero si tengo que estar de acuerdo con assimov en fundacion el imperio colapsa por que se ha estancado se esta desangrando , en el mundo si roma o china hubieran seguido ese modelo podríamos decirle adiós antes de lo escrito a dos de las mas grandes sociedades de occidente y oriente.

  2. ayer leí el cuento de El Actor gracias a éste artículo. a pesar que no comparto alguna cosas del análisis que se hace, no puedo negar dos cosas; es un muy buen cuento que disfruté y, que me motivó a leer algo más del escritor; si no hubiere sido reseñado, nunca lo hubiere leído.
    así que, de nuevo, gracias por seguir con el blog que tanto hace.
    mis respetos.

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