la criatura de Frankenstein

Frankenstein o el moderno Prometeo

Tuve el gusto de releer Frankenstein de Mary Shelley con la Edición anotada para científicos, creadores y curiosos en general. Fue publicada en castellano por Ariel en 2017, para celebrar el bicentenario del nacimiento del monstruo del Dr. Frankenstein. ¡Y fue una sorpresa muy agradable! La edición acompaña a la lectura de este brillante libro, con muchísimas reflexiones, muy interesantes escritos por brillantes científicos y académicos. Siempre sin abandonar un lenguaje compresivo y didáctico. Recomiendo su lectura.

No obstante, no se trata de abordar en esta entrada todo el contenido de esa edición. No terminaríamos. Frankenstein da para reflexionar sobre mucha filosofía y ética, y no la de principios del siglo XIX, cuando fue escrito, sino a temas de absoluta actualidad. La experimentación con células madres, y con seres vivos en general, la inteligencia artificial, la relación entre los científicos y la sociedad, los límites de la humanidad, la responsabilidad y la sociedad… ¡Incluso en ojos de la criatura hay todo un relato de la historia del paso del hombre primitivo al hombre civilizado!

La madre de la ciencia ficción

Mary Shelley no era consciente de que con Frankenstein daba a luz un nuevo género literario. Ella consideraba su obra como un relato, un cuento, de terror. Y, pensando seriamente en la historia narrada, desde luego la historia del Dr. Frankenstein y su monstruo es aterradora. Pero sobre todo por las profundas implicaciones y reflexiones que aporta la pluma de Shelley. Sin duda, es un libro muy actual y eso lo hace doblemente genial.

Para ser justos, hay textos anteriores que se podrían considerar ciencia ficción, o cuanto menos, anticipos del género. Desde la Historia Verdadera de Luciano de Samósata (s. II), hasta El año 2440 de Louis-Sébastien Mercier (1770), pasando por el Somnium del famoso científico Kepler (1608). Pero es la obra de Shelley la que ha conquistado, y por derecho propio, un lugar en el Olimpo de la literatura, sin desmerecer las obras anteriores.

Y Frankenstein es pura ciencia ficción, porque es un científico el que, con medios científicos (aunque apenas se detallen), crea vida. Su criatura no es mágica. Puede que la autora se inspirara en la leyenda judía del golem. Pero en el golem, la magia cabalística es determinante. Es, sin duda, Frankenstein el resultado de los recientes y muy importantes avances científicos del siglo XVIII. Avances de los que Shelley era conocedora.

Frankenstein y Prometeo

Hay, en mi opinión, varias ideas que recorren Frankenstein: los peligros del conocimiento, la responsabilidad de nuestros actos y la causa u origen del mal. Quiero comenzar con la primera idea.

Desde luego no es una casualidad que el subtítulo de Frankenstein sea o el moderno Prometeo. Prometeo era un titán de la mitología griega, gran benefactor de la humanidad. Robó el fuego del Olimpo y se lo entregó a los hombres, dando origen a la civilización y a la tecnología. Zeus le castigó por desobedecerle encadenándole a una roca donde un águila de devoraba el hígado, dando tiempo al órgano para que se regenerara una y otra vez. El implacable olímpico también castigaría a la humanidad, creando a la primera mujer, Pandora…

Para los griegos, el conocimiento era positivo y, por eso, Prometeo era visto como una divinidad buena para la humanidad. La tradición judeo-cristiana era más crítica. En el Génesis el árbol del que come Eva provocando el pecado original era precisamente el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. La consecuente expulsión del Paraíso implica el inicio de la cultura y la civilización, precisamente de la mano de la progenie del maldecido Caín. La obra de Milton de El Paraíso perdido estará muy presente en Frankenstein.

El conocimiento irresponsable

Una nueva especie me bendeciría como a su creador y fuente de vida. (…) Muchos seres felices y maravillosos me deberían sus existencias.

Víctor Frankenstein

El tradicional enfrentamiento entre ciencia y religión tenía para el cristianismo un origen teológico. La ciencia es sospechosa. Los avances científicos buscan desterrar a Dios, sustituirlos por falsos dioses científicos detrás de los cuales está la serpiente, está Satán.

Shelley no cuestiona la ciencia. Pero si está preocupada por lo que la ciencia puede despertar. Un conocimiento peligroso, que debería de ser privativo de Dios. En su época, la ciencia cada vez parecía más todopoderosa, avanzaba a un ritmo febril. ¿Y si ese camino nos llevaba a algún lugar oscuro? ¿Antinatural? ¿Y si la ciencia destruye el mundo?

La figura del Dr. Frankenstein fijaría un arquetipo en la ciencia ficción: el científico que pierde el norte, deslumbrado por el conocimiento y, sobre todo, por el poder que otorga ese conocimiento. Un buen ejemplo lo tenemos, por ejemplo, en Metrópolis. Desde luego, no niego que haya científicos ávidos de poder, así como que la ciencia ha permitido la creación que cosas horribles, armas mortíferas, por ejemplo, pero, el científico suele trabajar para alguien que paga sus facturas. El científico quiere descubrir la verdad, también algunos hacerse famosos, pero todos tienen que comer. ¿Quiénes son los irresponsables?

Frankenstein frente a su criatura
Frankenstein frente a su criatura

El destino del monstruo de Frankenstein

La belleza del sueño se desvaneció y el horror inenarrable y el asco me embargaron el corazón. Incapaz de soportar el aspecto del ser que había creado.

Víctor Frankenstein

La ciencia del Dr. Frankenstein, deslumbrado por su sed de conocimiento, creyéndose un nuevo Dios, crea a un ser vivo monstruoso. Y este ser, antinatural, comenzará a perpetrar horribles crímenes.

¡Pero atención! Shelley es muy clara al respecto. No niega el horror que suponen los asesinatos de la criatura. ¡Todo lo contrario! Pero deja la puerta muy abierta sobre quién es el verdadero responsable de esas muertes. La criatura, a la que ni siquiera se le pone nombre propio, es también una víctima. En una sociedad en la que sólo importan las apariencias, incluso la belleza (el propio Dr. Frankenstein juzga las habilidades de sus profesores a partir de la apariencia y hermosura de los mismos), el monstruo es abandonado y rechazado por su creador. Se ve obligado a vagar sólo por un mundo desconocido y hostil y, finalmente, es rechazado violentamente por una familia a la que ha estado conociendo, idealizando e incluso ayudando.

La sociedad en la que vivimos es la que crea el mal. Primero hay un responsable directo, Víctor Frankenstein, que juega a ser Dios. Pero el propio Frankenstein es una criatura de la sociedad, movido y motivado por la misma gasolina que alimenta al conjunto de la sociedad: los prejuicios, la ambición, el miedo a lo diferente… El rechazo, la falta de educación, la injusticia, el abandono, la ausencia de amor… son los ingredientes de los que nace el odio. Un odio irracional que también llega a sentir el propio creador hacia su criatura.

La responsabilidad de Dios

Todo el mundo odia a los desgraciados

la criatura de Frankenstein

Frankenstein no es capaz de responsabilizarse de sus actos. Durante todo el libro mira hacia otro lado, culpa a su propia criatura de sus desgracias. ¡Y es verdad que es la criatura la que asesina a sus seres queridos! Pero si él no hubiera jugado a ser Dios nada de eso hubiera sucedido.

Pero sigamos el razonamiento de Shelley. La criatura comete horribles maldades porque: Primero. Su creador se desentiende de ella. La abandona. Le da, de manera bruta y abrupta, el «libre albedrío». Segundo. La sociedad la envilece intensificando hasta la locura los problemas creados por la irresponsabilidad del creador.

¿No podría estar criticando Shelley precisamente a Dios? Dios ha creado a la humanidad. Pero en este mundo en el que vivimos, Dios nos ha abandonado. Estamos sólo e indefensos en medio de una sociedad cruel. Debemos luchar para sobrevivir y muchos humanos caen en el pecado arrastrados precisamente por la soledad, el miedo, el dolor y la supervivencia. En nombre del libre albedrío, Dios no se responsabiliza de sus criaturas, de las que ha creado y, es, por tanto, responsable, por incomparecencia, del mal.

¡No es sólo la ciencia!

¡Creador insensible y despiadado…! Me otorgasteis sensaciones y pasiones, y luego me arrojasteis al mundo para desprecio y horror de la humanidad. Pero solo a vos podía dirigir mis súplicas y rogar piedad.

la criatura de Frankenstein

Así que, tras una aparente crítica al hombre de ciencias y a la propia ciencia, tenemos una sutil y muy sagaz crítica a Dios. Igual que el irascible y voluble Zeus es el responsable de todos los males que sufrirá el propio Prometeo y la humanidad, el Dios cristiano permite un mundo cruel, donde la injusticia campa a sus anchas, donde incluso la buena gente sufre.

La moraleja es que tendríamos que aprender de los «errores» de Dios. La ciencia y la tecnología nos pueden permitir crear un cielo en la Tierra si y sólo sí de manera colectiva decidimos que ese sea el objetivo de la humanidad y no otro. El conocimiento nos permitirá crear vida, crear inteligencia, mejorar a la humanidad… pero de manera irresponsable, también destruirla y envilecerla.

La ciencia refleja los pecados de la sociedad en la que vivimos. Como ya dijimos, no es que el científico sea un mercenario de las grandes corporaciones y Estados, es que tiene que comer. No es que quieran prestigio, reputación, alimentar sus egos o tener poder, es que son humanos educados en una jungla en la que hay que pelear para sobrevivir. La sociedad en su conjunto tiene una responsabilidad, ante lo que está por venir, pero también ante los males que existen actualmente. Colaboración y corresponsabilidad… o lucha individual y egoísta por la supervivencia más salvaje.

¿Y tú qué opinas de todo esto? ¿Has leído Frankenstein? ¿Qué te pareció?


cubierta de Frankenstein
cubierta de Frankenstein 1st edition

Ficha del libro:

Frankenstein o el moderno Prometeo

  • Escritora: Mary Shelley
  • Título original: Frankenstein; or, The Modern Prometheus
  • Fecha de publicación: 1 de enero de 1818.
  • En España: Frankenstein. Edición anotada para científicos, creadores y curiosos en general. ISBN 978-84-344-2714-3, Ed. Ariel.

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