El Hoyo

El Hoyo, sólo se puede ir hacia abajo

Impactado. Así me encontré a medida que avanzaba el metraje de El Hoyo, la opera prima de Galder Gaztelu-Urrutia. Una muy buena sorpresa, que además demuestra que, como ya hizo en su momento Los cronocrímentes, el cine de nuestro país es capaz de realizar grandísimas películas de género. Y, desde luego, El Hoyo ha sido una experiencia muy recomendable. La película me ha enganchado, a ratos me ha hecho sufrir. Lo he pasado mal. Se me han revuelto las tripas… Y me ha hecho reflexionar. Porque aunque el mensaje parece… obvio, hay muchos matices en los que pensar.

La primera reflexión también es obvia. ¿Cómo es posible que, a pesar de ganar el Festival de Sitges y de ser premiada en el Festival Internacional de Cine de Toronto, su estreno en cine pasara bastante desapercibido? ¿O que en los premios Goya de 2020 sólo consiguiera un premio a los efectos especiales? Tuvo que llegar Netflix para que El Hoyo se situara en el lugar que le correspondía a nivel mundial. Desde luego, a mí, a posteriori, me hubiera gustado verla en cine porque sé que ese impacto que más arriba señalaba se hubiera multiplicado por mil.

El individuo y la sociedad

Y aquí ya vemos como el debate que plantea la película tiene su primera expresión. Es sólo un ejemplo, pero es interesante: ¿Qué responsabilidad tengo yo en la situación que sufre el cine español?

Tenía que haber estado más al tanto de la calidad y la crítica especializada de El Hoyo y haber ido a verla al cine. Y después de la gala de los Goya, tendría que haber empleado las redes sociales para quejarme amargamente por la injusticia cometida en el reparto de premios. Así mismo, podría haber iniciado una campaña de protesta con mails y comentarios en redes contra las distribuidoras de cine por no haber extendido los pases de la película en las carteleras de más países. Aunque, si esta campaña hubiera tenido éxito, seguramente a Netflix no le hubiera hecho ninguna gracia, porque ha sido la principal beneficiada de que una película tan buena solo haya alcanzado fama mundial en su catálogo.

Pero no hice nada de eso. Entre noviembre y diciembre, estaba a otras cosas y no pisé ninguna sala de cine. Me quedé sin ver grandes películas además de El Hoyo. Muchos factores entrelazados me influyeron: la necesidad de recortar gastos, el poco tiempo de ocio, el cansancio acumulado por largas jornadas laborales, la comodidad de ver contenido en mi domicilio, la cantidad de información contradictoria que abruma a la hora de tomar decisiones sobre qué ver y qué no ver, la contraposición entre mis gustos y necesidades personales con la de la gente de mi entorno (familia, amigos…)… Y en cuanto a campañas de protestas… desde el no caer en lo que podía hacer o no, hasta el fatalismo de que la inversión de un esfuerzo no tenía porqué tener ningún resultado productivo.

Es decir, hay una relación entre decisiones individuales, y la influencia de factores sociales que me han llevado a tomar esa decisión. Y de este debate trata precisamente El Hoyo. ¿Nos quejamos de «los de arriba­» como escusa para justificar nuestra inacción? La respuesta de la película es tremendamente pesimista.

La trama de El Hoyo

Originalmente concebida por sus creadores David Desola y Pedro Rivero como una obra de teatro, El Hoyo nos describe el paso de Goreng por el «Centro Vertical de Autogestión» una institución a la que se puede acceder de manera voluntaria, como es el caso del protagonista, u obligado por sentencia judicial. Una genial distopía que se une a otras grandes películas como Cube, de la que hace poco hablamos en este blog.

El Centro Vertical de Autogestión está dividido en un número indeterminado de plantas. Cada planta está formada por una única habitación cerrada donde habitan dos residentes. En medio de la habitación hay una abertura que comunica la planta con las superiores e inferiores y por esa abertura periódicamente baja una plataforma con comida. En el piso 0, la administración del Centro prepara el plato favorito de cada residente y los coloca todos juntos sobre esa plataforma que va bajando por la apertura, pasando por todas las plantas.

Los habitantes de los pisos superiores comen todo lo que pueden, no se limitan a su plato favorito, por lo que a medida que la plataforma va bajando, cada vez hay menos comida. Hasta que llega un punto en que ya no queda nada. Además, cada mes, los residentes son movidos aleatoriamente a una planta distinta. Un mes puede tocarte en una planta superior con sobreabundancia de comida. Otro mes en una intermedia y otro en una planta a la que ya no llega nada de nada.

Los de arriba y los de abajo

– ¡Eh! Los de abajo, ¿me oís?
– No llame a los de abajo.
– ¿Por qué?
– Porque están abajo. Los de arriba no le contestarán.
– ¿Por qué?
– Porque están arriba. Obvio.

En El Hoyo hay comida suficiente para todos. Pero sus residentes han entrado en una dinámica en la que, si estás en los pisos superiores comen todo lo que pueden, sin importarles los que están abajo. O peor aún, sin importarles que, al mes siguiente, pueden ser ellos mismos los que estén abajo.

Y, a la vez, en las plantas inferiores, ante la escasez prevalece la lucha cruda por la supervivencia. Barbarie en estado puro —si no es también bárbaro comer hasta reventar sabiendo que tu empacho provocará la muerte de un semejante—, desatándose los peores instintos.

Sí, exacto, en general nuestra sociedad parece que se comporta así: Una minoría privilegiada consume más recursos de los que necesita, provocando la miseria, el hambre y la muerte de los más necesitados. Y las «capas medias», que aún les llega comida, aspiran con envidia y sumisión a estar en los pisos de arriba, mientras miran con suficiencia a los de los pisos de abajo, temerosos de caer. Y parece que nadie rompe esa dinámica, porque los de abajo se limitan a sobrevivir y, si por azares del destino, logran escalar posiciones, reproducen los comportamiento que han visto de los de arriba y los de en medio sin cambiar nada. Olvidando su origen.

la comida de El Hoyo

El Quijote

El Hoyo es una película muy pesimista. El personaje de Imoguiri defiende que en algún momento, los habitantes de El Hoyo aprenderán de la situación y, por tanto, se desarrollará solidaridad espontanea entre todos. De hecho, ella intenta promover este comportamiento solidario, por así decirlo, educando a los habitantes de su piso inferior. Con argumentos racionales. Su fracaso es rotundo. Sin embargo, aunque la masa se mantiene embrutecida, si veremos que algunos, pocos, individuos, tratan de romper con el sistema. La propia Imoguiri, como ya hemos mencionado. Pero no será la única.

La figura de El Quijote estará muy presente en la película. La propia apariencia física del protagonista, Goreng, que entró voluntariamente en El Hoyo para dejar de fumar y leer El Quijote. Y nos leerá extractos de la obra de Cervantes, algunos determinantes para entender el mensaje de la película:

El grande que fuera vicioso será vicioso grande, y el rico liberal será un avaro mendigo. Que al poseedor de las riquezas no le hace dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas como quiera, sino el saberlas bien gastar.

El Quijote

Este pasaje se lo responde El Quijote a su sobrina y a su ama de casa cuando éstas tratan de convencerlo para que deje sus locuras. Además uno de sus argumentos es que El Quijote es pobre, y que, por tanto, debería de olvidarse de sus intentos de ser un caballero andante.

El mensaje es claro: Necesitamos más Quijotes idealistas, dispuestos a enfrentarse a molinos de viento. Lo que no necesitamos son quejicas que, con el argumento de que son pobres, se limiten a quejarse de «los de arriba» sin mover un dedo, sin renunciar a sus comodidades para intentar mejorar el mundo.

Radicalidad de salón

Lo que nos dice la experiencia histórica no obstante es que sí que hay Quijotes, y estos Quijotes han impulsado revoluciones, revueltas y cambios. Aunque también se han dado movimientos espontáneos, iniciados por individuos «corrientes». Pero estar peor no implica tener más conciencia, entre otras cosas porque la urgencia de la supervivencia mayoritariamente no da para pararse a filosofar. Aunque los más oprimidos sí que han protagonizado acciones tumultuosas y violentas, precisamente muy explosivas por toda la desesperación acumulada.

Normalmente los teóricos del cambio son sectores acomodados, que si que tienen un status que perder, intelectuales con muchos prejuicios, con una empatía muchas veces superficial, porque son incapaces de ponerse en el lugar de los que no tienen nada. Desgraciadamente, su radicalidad no deja de ser muchas veces una radicalidad de salón, de protestar por lo mal que están las cosas mientras disfrutan una copa de buen vino con sus amigos en la terraza de un bar.

Pero los argumentos racionales, en momentos de desesperación y supervivencia no sirven. La educación, la paciencia, no son suficientes en medio de la barbarie. Por eso fracasa Imoguiri.

Palo y zanahoria

Y por eso, se necesita, según El Hoyo, la religión: Convertir a nuestro Quijote en un Mesías capaz de inspirar a otros, a reclutar seguidores desesperados, para canalizar su desesperación, su energía, hacia objetivos loables. Ese es el papel de Baharat, seguidor del nuevo Mesias que predica la nueva dicha con más fervor que incluso su creador. En tiempos de miedo y desesperación, misticismo y violencia.

Plantear que en tiempos de desesperación el mensaje racional no sirve es muy pesimista. En El Hoyo, no sólo no sirve, es que sólo sirve la fuerza bruta. Incluso pese a la convicción religiosa de Baharat, para luchar para cambiar las cosas necesitan emplear la fuerza bruta. Machacar a las mismas personas a las que se pretende liberar, porque con su actuación bárbara están sosteniendo el status quo. Es el argumento que también vemos, por ejemplo, en Matrix cuando Morfeo y los suyos asesinan en Matrix a inocentes, porque cualquiera puede ser utilizado por los agentes.

Pero, por cierto, no es nada nuevo con respecto a regímenes religiosos. Se convence y se adoctrina, pero cuando no se puede convertir, se emplea la fuerza. Así ha hecho la religión a lo largo de nuestra historia.

Aunque la fuerza también se ha tenido que usar cuando eran argumentos menos religiosos y más razonables los que estaban en juego. Sobre todo cuando los que defendían el mantenimiento del orden social estaban armados y dispuestos a aplastar a los que promovían los cambios. En El Hoyo no sucede, pero si hubiera cundido el ejemplo de Imoguiri, ¿cuánto hubiera tardado la Administración en intervenir para acabar con la solidaridad espontanea y volver a la situación actual? En ese caso la defensa violenta hubiera estado muy justificada.

Vivir en otra realidad

La Administración no tiene conciencia. Sin embargo, hay una mínima posibilidad de que la tengan los que trabajan en el nivel cero. Ahí os debe ir dirigido el mensaje.

Sr. Brambang

Efectivamente, cualquier aparato administrativo, ya sea el aparato de Estado o la administración de una empresa no tiene conciencia. Aunque sí sirve a unos intereses. Los intereses de los que promovieron o crearon ese aparato. Lo que sucede es que el aparato puede llegar a «independizarse», a elevarse por encima de esos intereses. Al fin y al cabo cualquier aparato administrativo se burocratiza, se enquilosa, se enmaraña en sus propios procedimientos, la rutina lo corroe y si hay una cultura del arribismo, desmoralización y desigualdad, aparece la corrupción.

Así que el Sr. Brambang propone llevar un mensaje a los trabajadores de la Administración, con la esperanza de que ese mensaje sirva para cambiar las cosas. Es una salida que se podría llamar «reformista», la creencia de que se puede reformar El Hoyo. En la película Snowpiercer, de Bong Joon-ho, director también de Parasitos, se presenta un debate similar, pero en la forma de la relación con la administración de un tren distópico. El mensaje final es que ni se puede reformar la administración del tren, ni se puede tomar el control del tren. Lo que hace falta es destruirlo.

Y en El Hoyo, el camino de la reforma queda absolutamente bloqueado. Soy de los que defienden que —cuidado Spoilers—, Goreng y Baharat mueren antes de encontrarse con la niña, así que lo que llega al piso 0 es la panacota. Y previamente habíamos visto una escena en la que el jefe de los cocineros les regaña convencido de que, si la panacota ha vuelto a sus manos, es porque los residentes se han encontrado un pelo en la misma.

Efectivamente, los trabajadores de la Administración, o al menos, los jefes de la Administración, el jefe de lo cocineros, vive en una realidad completamente diferente a la de los habitantes de El Hoyo. Es inconcebible para él que la devolución de la panacota sea un mensaje de protesta por la situación de El Hoyo. Nunca han devuelto comida, así que si lo están haciendo ahora es, sin duda, porque el plato no estaba bien, porque uno de sus subordinados ha cometido un error.

Sobre la niña, se ha hablado de que es la esperanza en el futuro. Yo personalmente creo que es la fe de Goreng. Desde el principio quiso creer que Miharu tenía una hija. Y con su muerte, su fe se hace realidad… para él.

Es más fácil bajar que subir

Sabemos que la plataforma con comida baja, pero hasta el final de la película no la vemos subir. Aunque sabemos que tiene que subir, para poder volver a bajar.

En nuestra sociedad pasa algo parecido. Vemos a la plataforma bajar, y creemos, porque nos dicen, que también tiene que subir. Los medios de comunicación y el sistema educativo nos narran ejemplos de prohombres, hechos a sí mismos, que empezaron en el garaje de su casa y que levantaron imperios. Algún caso hubo, desde luego. Y también es cierto que hay individuos que logran ascender, que mejoran sus condiciones de vida. Algunos aprovechándose de sus semejantes, otros directamente robando. Pero sí, hagamos la concesión de que también hay algunos que lo logran sobre la base de su esfuerzo y trabajo. Pero siendo honestos con nosotros mismos, los hijos de los ricos parten con ventaja y los hijos de los pobres con mucha desventaja.

La movilidad social, la gran idea del liberalismo burgués del siglo XIX para confrontarla con la sociedad estamental propia del feudalismo, tiene bastante de engaño masivo, de propaganda. Sí hay ascenso social es limitado, puntual y relativo. Normalmente la gente muere en la misma clase social en la que nació.

Pero sí hay movimientos. Hacia abajo. Es mucho más fácil bajar que subir. Es mucho más fácil que, sin comerlo ni beberlo, te veas arrastrado por una sucesión de desastres que te hundan, y que te cueste recuperarte. Un ERE en tu empresa, una enfermedad de larga duración, un desastre imprevisto que te obliga a endeudarte… Hay ejemplos de gente muy acomodad que, tras una combinación de mala fortuna, desconocimiento y decisiones equivocadas, acaban durmiendo en la calle, con problemas mentales y adicción al alcohol.

Pesimismo frente a optimismo

El coronavirus nos está mostrando lo peor y lo mejor de esta sociedad. Nos muestra el egoísmo de muchas empresas, los recortes en sanidad que nos dejaron más expuestos o el estado lamentable de las residencias de ancianos. También el acaparamiento de alimentos, la especulación con el material sanitario como las mascarillas, los vecinos gestapo dispuestos a denunciar a sus semejantes, competencia desleal entre Estados… Ésto es El Hoyo.

Pero también hay Quijoterismo: Solidaridad, esfuerzo… por ejemplo del personal sanitario, pero no sólo. De las decenas de miles de personas que están arrimando el hombro, esforzándose… Quizás menos visible ahora que la barbarie mencionada en el párrafo anterior, pero muy importante. Porque primero siempre hay miedo y desesperación, e incluso se tiende a cerrar filas ¡siempre! Pero si esta situación se alarga crecerá el descontento. Y cuando esto pase, se rendirán cuentas. De forma más o menos acertada, con un impacto mayor o menor. Lo que está claro es que no volveremos a la misma situación que antes del confinamiento. Y mucha gente sí que sacará la conclusión de que, por mucho que ellos como individuos pueden hacer, cualquier cambio será impotente si no se terminan los privilegios de los de «arriba».

Conclusión

¿Estamos dispuestos a renunciar a nuestro bienestar para que mejoren los de «abajo»? Eso sería repartir la miseria, cuando podría haber más abundancia para todos si asaltamos las cocinas. Recordemos que en el propio Hoyo, los que pueden marcar la diferencia son los que están más arriba, ya que aun hay comida, aunque en ningún caso eso cuestiona que es en la cocina del piso 0 donde se decide cuánta comida enviar. Es verdad que al «cambiar de planta» reproducimos los valores que vimos arriba:«Si ellos robaron, porqué no lo hago yo». Por eso la solución no es, ni repartir la miseria, ni aspirar a subir a otras plantas, sino destruir El Hoyo.

¿Y tú qué opinas de todo esto? ¿Has visto El Hoyo? ¿Qué te pareció?


carátula de El Hoyo

Ficha de la película:

El Hoyo

  • Director: Galder Gaztelu-Urrutia
  • Guionistas: David Desola y Pedro Rivero
  • Estreno: 8 de noviembre de 2019.
  • Productoras: Basque Films y Mr Miyagi Films
  • Premios:
    • Premio del público en la sección Midnight Madness del Festival Internacional de Cine de Toronto de 2019.
    • Mejor Película, Mejor Director Revelación, Mejores Efectos Especiales y premio del público en 2019 en el Festival de Cine de Sitges.
    •  Premio Goya de 2020 a Mejores Efectos Especiales

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2 comentarios en «El Hoyo, sólo se puede ir hacia abajo»

  1. Creo que la película tiene finalmente un mensaje agridulce pero en definitiva, optimista. Agrio porque si la solución llega algún día, no la podrán disfrutar los que la lograron porque para hacerlo, habrán cometido tales actos, necesarios pero terribles, que los ha envilecido para siempre. Por eso nuestros dos héroes acaban convirtiéndose en mártires, como el «mesías». Como anécdota, comentar que esta parte del mensaje de la película me recuerda a ‘Rogue One’ y lo que dice Cassian Andor.

    Pero optimista porque hay solución.

  2. Gracias por tu comentario Lino.
    Me gusta tu visión del final de la película. Es optimista. Y es una ventaja de que el final fuera abierto, porque permite a cada espectador sacar sus propias conclusiones.
    Por cierto ¡¡Muy interesante la analogía con Rogue One!! Ciertamente hay muchos ejemplos históricos en los que el progreso ha requerido de actos reprobables. Gentes que abren las puertas del Paraíso, pero que para lograrlo han perdido el derecho a entrar… ¡Me gusta!

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